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jueves, 9 de octubre de 2014

OTRO TEXTO PARA EL COMENTARIO

 Chusqueros

El lenguaje cotidiano ha devenido en una crónica de guerra. La semana pasada cayó Ricardo; este lunes han herido a José; hoy mismo, alguien ha visto a Antonia mendigar con disimulo en la puerta de un restaurante caro. Un grupo de familias ha sido víctima de una emboscada de Bankia. Caen como moscas, pues los que no pierden el trabajo al pisar una mina antipersonal, pierden la casa o la salud o la cordura. A los caídos no se les entrega ninguna medalla al mérito, no se les rinden honores, no se habla de lo eficaces que fueron en su actividad, ni de su buena disposición, ni de su compañerismo. Nadie coloca una bandera sobre sus ataúdes al tiempo que una banda de música ataca un tema patriótico.

Entre tanto, y como en todas las guerras, los generales, plácidamente acomodados en sus despachos con moqueta, colocan banderitas sobre los mapas de los territorios conquistados mientras degustan un coñac. Los generales de esta conflagración no llevan uniformes de campaña ni botas de montar ni gorra, tampoco hablan nuestro idioma, nuestros idiomas. Son gente vestida (o disfrazada) de civil cuyos cuarteles generales están en Nueva York, en Berlín, en Bruselas, desde donde, gracias a las nuevas tecnologías, nos ven a usted y a mí atravesando las pantallas de sus monitores, como hormigas camino del trabajo, y deciden liquidarnos económicamente o tendernos una trampa financiera mortal.

En la práctica, somos un país invadido por tropas extranjeras, un país cuyas autoridades locales, vendidas al ejército invasor, hacen el trabajo sucio del sargento chusquero en el ejército de siempre. Un teatro de operaciones, en fin, de apariencia democrática, en el que no corre la sangre ni se amontonan los cadáveres, pero en el que cada día son expulsados fuera del sistema, que es tanto como decir fuera de la vida, miles de inocentes. 

JUAN JOSÉ MILLÁS, El País, 26/10/2012
Cuestiones

1. Señale y explique la organización de las ideas contenidas en el texto.

2. 2. a. Indique el tema del texto.
2. b. Resuma el texto.

3. Realice un comentario crítico del contenido del texto.

jueves, 14 de abril de 2011

PANTALLAS


 Pantallas

No recuerdo haber visto nunca en una película norteamericana el interior de una casa donde apareciera una biblioteca familiar. Tampoco a ningún héroe del cine clásico, Gary Cooper, John Wayne, Henry Fonda, leyendo un libro en la mecedora del porche después de realizar cualquier hazaña. Por los descampados del lejano oeste puede que a veces cruzara un tipo con un levitón polvoriento vendiendo biblias. Queda la estampa cinematográfica de algún reverendo abriendo el libro de los salmos al borde de una fosa descarnada en el momento de mandar a los verdes valles del Edén a cualquier fiambre, pero luego, nada. Los deudos devoraban la tarta de frambuesa que había preparado Maureen O'Hara para después del funeral. Nadie será capaz de imaginar una secuencia con Robert de Niro, Jack Nicholson o Brad Pitt enfrascados en la lectura de una novela. Ni siquiera Woody Allen se ha permitido el lujo de decorar el despacho de su psicoanalista con una estantería cargada de volúmenes manoseados. Los libros en el cine no existen. Esos best sellers con títulos dorados en relieve, que las amas de casa meten en la cesta de la compra junto a las zanahorias, nunca se quedan en casa después de ser leídos. Cuando las cámaras llegan, el trapero ya se los ha llevado. Se ha dicho hasta la saciedad que las pantallas han derrotado a los libros. Media humanidad se pasa el día sentada devorando imágenes. En el avión, en el tren, en el bar, en el hospital donde te acaban de rajar, en el sofá en el que caes rendido al final del día siempre hallarás enfrente una pantalla vertiendo en tu cerebro infinidad de monigotes. Las fotos de los periódicos cada día más grandes, los cuerpos gloriosos de belleza visual que pueblan las revistas satinadas, también se han puesto de parte de las pantallas en la guerra contra la letra impresa. Pero de los libros se salvan siempre las imágenes. Se trata de saber qué tiene más fuerza todavía, si la imagen literaria que conservamos en la memoria después de la lectura o la visión de toda esa fantasmagoría de luces y sombras. Qué deja un oro más profundo en el alma, la goleta Hispaniola navegando rumbo a la Isla del Tesoro a través de las páginas del libro o Gary Cooper soplando la boca del revólver en la pantalla.

MANUEL VICENT 13/04/200. EL PAÍS

 Comentario crítico de Jacinto Carrasco (2º bachillerato A)

El texto que nos ocupa es la columna titulada Pantallas, obra del escritor valenciano Manuel Vicent y publicada en el diario nacional El País el día 13 de abril de 2008. El tema de ésta es el avance de la imagen frente a la palabra escrita, expresada como una reflexión en voz alta que contiene la preocupación de un literato que echa en falta la imagen de libros en la gran pantalla.
El periodista evoca las imágenes que él mismo critica para señalar la ausencia de la literatura en las películas clásicas del cine estadounidense. Y para ello hace un alarde de conocimiento cinematográfico nombrando numerosas escenas y actores de Hollywood cuya única relación con un libro consiste en la aparición de la Biblia, objeto que no puede desaparecer por la importancia de la religión en el lejano Oeste, aunque cada héroe se tomara la religión a su estilo. Para aumentar esta impresión nombra a Woody Allen, director neoyorquino que gusta más a los intelectuales que el cine comercial de Los Ángeles por sus guiones elaborados, lo que nos lleva a pensar que ni siquiera los directores más alejados del circo en el que se ha convertido el cine de la costa oeste se acuerdan de la literatura. Más adelante Manuel Vicent expresa su queja sobre la nueva forma de llamar la atención que han adoptado los periódicos, grandes titulares con grandes letras impresas sobre una fotografía aún mayor, que hacen que las portadas no sean sino carteles propios de revistas corrientes y que obligan al lector a comprar el periódico si quiere conocer qué ha ocurrido realmente, aunque este hecho será nuevamente resumido a base de imágenes, que en el mejor de los casos, contengan un pie de foto que explique con palabras lo acontecido. El final de la columna plantea una pregunta retórica acerca de la huella que dejan tanto una escena de una película como las imágenes literarias transmitidas en una novela, obligando al lector a posicionarse  en uno u otro bando.
Considero que es innegable el avance de la imagen frente a la palabra escrita aunque quizá Manuel Vicent vaya demasiado lejos y cuestione únicamente la parte de culpa que corresponde a la industria cinematográfica, editorial y al consumidor, sin llegar a pensar en que también los escritores son responsables de ello. Por un lado nos encontramos en cada librería o Feria del Libro una cantidad cada vez mayor de libros de autoayuda, de cocina y de cómo hacer uno mismo una estantería, dejando a la palabra en una posición bastante mejorable. Tampoco creo que el cine se haya olvidado completamente de la literatura, y menos que lo haya hecho más que el público en general. Por ejemplo, es reciente la película El escritor, y su relación con la literatura no extraña al espectador. Sí es cierto que el psicoanalista de Woody Allen (o los psicoanalistas) no presentan una estantería con volúmenes desgastado, aunque el director y actor sí menciona algunos libros como en la película Annie Hall para aludir a la cultura de la que él alardea. Así que no creo que en este “conflicto” sólo pueda y deba quedar uno porque la estantería que hemos hecho sea muy pequeña para el libro y la cinta de vídeo o el DVD, por lo que ni Gary Cooper soplará a su revólver al agujerear a un tomo de literatura ni el Quijote arremeterá contra las cámaras cinematográficas.

domingo, 13 de marzo de 2011

"UN VIEJO QUE LEÍA NOVELAS DE AMOR". Comentario crítico


De nuevo vuestra compañera Laura (a la que vamos que tener que hacer una sección fija en este blog) nos envía una excelente comentario crítico sobre un fragmento de la novela de Luis Sepúlveda.

TEXTO

Capítulo II

Portada de la novela de Luis Sepúlveda
El alcalde, único funcionario, máxima autoridad y representante de un poder demasiado lejano como para provocar temor, era un individuo obeso que sudaba sin descanso.

Decían los lugareños que la sudadera le empezó apenas pisó tierra luego de desembarcar del Sucre, y desde entonces no dejó de estrujar pañuelos, ganándose el apodo de la Babosa.

Murmuraban también que antes de llegar a El Idilio estuvo asignado en alguna ciudad grande de la sierra, y que a causa de un desfalco lo enviaron a ese rincón perdido del oriente como castigo. Sudaba, y su otra ocupación consistía en administrar la provisión de cerveza. Estiraba las botellas bebiendo sentado en su despacho, a tragos cortos, pues sabía que una vez terminada la provisión la realidad se tornaría más desesperante.

Cuando la suerte estaba de su parte, podía ocurrir que la sequía se viera recompensada con la visita de un gringo bien provisto de whisky. El alcalde no bebía aguardiente como los demás lugareños. Aseguraba que el Frontera le provocaba pesadillas y vivía acosado por el fantasma de la locura. Desde alguna fecha imprecisa vivía con una indígena a la que golpeaba salvajemente acusándola de haberle embrujado, y todos esperaban que la mujer lo asesinara. Se hacían incluso apuestas al respecto.

Desde el momento de su arribo, siete años atrás, se hizo odiar por todos. Llegó con la manía de cobrar impuestos por razones incomprensibles. Pretendió vender permisos de pesca y caza en un territorio ingobernable.

Quiso cobrar derecho de usufructo a los recolectores de leña que juntaban madera húmeda en una selva más antigua que todos los Estados, y en un arresto de celo cívico mandó construir una choza de cañas para encerrar a los borrachos que se negaban a pagar las multas por alteración del orden público.

Su paso provocaba miradas despectivas, y su sudor abonaba el odio de los lugareños. El anterior dignatario, en cambio, sí fue un hombre querido. Vivir y dejar vivir era su lema. A él le debían las llegadas del barco y las visitas del correo y del dentista, pero duró poco en el cargo.

Cierta tarde mantuvo un altercado con unos buscadores de oro, y a los dos días lo encontraron con la cabeza abierta a machetazos y medio devorado por las hormigas.

(Luis Sepúlveda. Un viejo que leía novelas de amor)


COMENTARIO CRÍTICO

El fragmento ante el que nos encontramos, perteneciente a la novela de Luis Sepúlveda Un viejo que leía novelas de amor, constituye un texto literario de género narrativo. Su autor, nacido en Chile en 1949, es un destacado novelista del post-boom de la literatura hispanoamericana, aunque también ha cultivado otros géneros como la poesía y el cuento.

En esta obra, galardonada con el premio Tigre Juan y traducida a catorce idiomas, nos presenta la historia de Antonio José Proaño, un anciano solitario que, después de haber pasado largos años conviviendo con los indígenas shuar, quienes llegaron a considerarlo uno de los suyos, conoce todos los secretos de la selva amazónica. Sin embargo, su territorio se encuentra ahora amenazado por la llegada del hombre blanco y por la destrucción cruel y ciega que este trae consigo.

Nuestro fragmento tiene precisamente como protagonista al personaje que simboliza, a lo largo de toda la novela, a la "civilización" blanca: se trata del alcalde de El Idilio, completo desconocedor de las costumbres y usos de la zona, y que pretende ejercer la autoridad en un “territorio ingobernable”.

La caracterización del personaje –obeso, sudoroso- ya nos da a entender el desprecio que provoca entre los lugareños; pero se trata de un desprecio recíproco, mayor si cabe por parte del alcalde, que se basa en la consideración de que los indios son seres incivilizados.

Esta idea, que podríamos afirmar se encuentra establecida en la cultura occidental desde la llegada de Colón a América, es precisamente la que se plantea invertir Luis Sepúlveda con este relato. El conflicto entre civilización y barbarie, la progresiva desvinculación del desarrollo de la razón con la naturaleza, los sentidos y el instinto aparecen representados en la novela por unos colonizadores que se entremeten en un mundo del que nada conocen y al que nada deben, alterando a su paso el equilibrio antes tan bien atesorado. Los habitantes de la selva, por su parte, aparecen pasivos ante un poder invencible que, de hecho, terminará acabando con ellos.

No se trata de un tema imaginario: la novela indigenista americana, vertiente dentro de la que podemos encuadrar esta obra, constituye un extraordinario medio de denuncia a ese “progreso” que ya ha acabado con más de un sesenta por ciento de la selva amazónica, y ante todo, un canto al amor por la naturaleza.

Laura Cabeza Vega, 2º Bachillerato A

sábado, 8 de enero de 2011

Mi alma es hermana del cielo


MI ALMA ES HERMANA DEL CIELO

Mi alma es hermana del cielo
gris y de las hojas secas;
sol enfermo del otoño,
mátame con tu tristeza!

Los árboles del jardín
están cargados de niebla:
mi corazón busca en ellos
esa novia que no encuentra;

y en el sueño frío y húmedo
me esperan las hojas secas:
si mi alma fuera una hoja
y se perdiera entre ellas!

El sol ha mandado un rayo
de oro viejo a la arboleda,
un rayo flotante, dulce
luz para las cosas muertas.

¡Qué ternura tiene el pobre
sol para las hojas secas!
Una tristeza infinita
vaga por todas las sendas,

lenta, antigua sinfonía
de música y de esencias,
algo que dora el jardín
de ensueño de primavera.

Y esa luz de ensueño y oro
que muere en las hojas secas,
alumbra en mi corazón
no sé qué vagas tristezas.


(Arias Triste, 1903)

COMENTARIO CRÍTICO DEL CONTENIDO DEL TEXTO

El poema titulado “Mi alma es hermana del cielo” es un texto literario de género lírico. Su autor es uno de los poetas más destacados de la literatura española, Juan Ramón Jiménez, premio Nobel de Literatura en 1956 y autor de una amplia obra poética en la que evoluciona desde una primera etapa modernista hacia una dimensión mucho más mística y vanguardista. El poema ante el que nos encontramos pertenece al libro Arias Tristes, que se encuadra dentro del primer periodo poético, con influencias del modernismo y el simbolismo.

El tema principal del poema es un sentimiento de tristeza y melancolía que lleva al yo poético a querer fundir su alma con la naturaleza, en la búsqueda de algo indefinible y elevado por encima de la realidad. El título ya nos muestra la intención del poeta, que pretende igualar a su alma con el cielo, quizás para alcanzar la eternidad.

En la búsqueda de esa fusión está muy presente la proyección de sentimientos en el paisaje. Se describe un jardín en otoño, lugar propio del modernismo que exaltan el mundo sensorial, a partir de la presencia constante del cromatismo. Recordemos que Juan Ramón Jiménez fue pintor antes que poeta, y que los colores juegan un gran papel en su poesía. En este poema destaca la “luz dorada” del sol que penetra en medio de la neblina y el gris del jardín lleno de “hojas secas”, constituyendo una antítesis notable en medio del tono de melancolía que inunda toda la composición. El léxico es sencillo, y la versificación empleada lo dota de una cierta musicalidad. Abundan en la descripción los adjetivos y adyacentes, mientras que la acción queda reducida a la búsqueda del protagonista por ese algo que no encuentra, y que en el verso 8 personifica en una mujer: “mi corazón busca en ellos/ esa novia que no encuentra”.

Esto nos lleva a pensar que la tristeza del poeta es consecuencia de su soledad: parece ser que se siente solo ante el mundo, y sobre todo, ante la muerte, y de ahí la necesidad de fundirse con la naturaleza. En este sentido, es muy similar a otro poema de Arias Tristes, “Mi alma ha dejado su cuerpo…” en que está muy presente la disociación alma-cuerpo, así como la naturaleza entendida como algo superior y eterno.

En conclusión, en este poema observamos a un Juan Ramón Jiménez que se mueve en un mundo poético muy sentimental y a la vez sensorial, y que entiende la poesía como vía de exploración de su mundo interno, más elevado que el externo. En este sentido, destaca al anticipar el núcleo temático de su poesía posterior, centrado en el ansia de trascendencia.

Laura Cabeza Vega. 2º Bachillerato A (Curso 2010/11)

domingo, 28 de noviembre de 2010

COMENTARIO CRÍTICO "Caminos"


COMENTARIO CRÍTICO:

Nos encontramos ante un texto literario de género lírico: se trata del poema Caminos de Antonio Machado, incluido en el libro Campos de Castilla, que fue publicado en 1912. Antonio Machado es uno de los poetas más destacados de la literatura española. Perteneciente a la G eneración del 98, suele relacionarse con la corriente del Modernismo, aunque no toda su obra se inscribe en este movimiento. Murió exiliado en Francia en 1939.

El tema principal del poema es la soledad del yo poético, que ha sido abandonado por su amada muerta (“¡Ay, ya no puedo caminar con ella!”, verso 30), tema que podríamos interpretar como una referencia a la vida del poeta, algo frecuente en su poesía: Leonor, su esposa, murió con solo 18 años.

Sin embargo, esta idea no aparece hasta el último verso: el cuerpo del poema lo constituye una descripción del paisaje de Baeza. De nuevo podemos observar referencias a la vida de Machado, quien se trasladó a esta ciudad después de morir su esposa. Aparecen numerosos elementos del paisaje que son descritos en un tono sombrío y gris: “la tarde silenciosa”, “sombrías huertas”, “grises olivares”, “tarde piadosa, cárdena y violeta”, etc. Hay que destacar la presencia de símbolos, pertenecientes a un código propio del autor, y que representan algunos de los temas más importantes de la poesía machadiana. Así, la tarde, que describe el momento del día que está viviendo el poeta (“Yo contemplo la tarde silenciosa”) es una metáfora de la muerte. En oposición a esta, el camino es la vida. Los versos 25-30 (“los caminitos blancos / se cruzan y se alejan…”) hacen referencia, pues, al resto del mundo, que sigue con su vida mientras el yo poético se ha quedado solo. Otros símbolos destacables son el olivo (v. 7), identificado con el pueblo; y el olmo, que en los versos 18-19 es sacudido por el viento como símbolo de un amor que ha sido arrebatado. Por último, la luna, “amoratada, jadeante y llena”, hace referencia de nuevo a la muerte. En suma, se produce una proyección del estado de ánimo, triste y abatido, en la descripción del paisaje y sus elementos.

El poema forma parte, como ya se indicó, de Campos de Castilla, un libro en el que Machado trata ampliamente la descripción del paisaje, al que da forma según sus sentimientos. Dentro de este, se inscribe en una serie de poemas inspirados en la enfermedad y muerte de Leonor.

Laura Cabeza Vega. 2º Bachillerato A (Curso 2010/11)

martes, 23 de noviembre de 2010

COMENTARIOS CRÍTICOS "A José María Palacio"



Comentario crítico 1.

Miguel García Ortegón. 2º Bachillerato A (Curso 2010/2011)

“A José María Palacio” es un poema escrito por Antonio Machado en abril de 1913 e incluido en su recopilación Campos de Castilla (de 1912, aunque luego sufre diversas modificaciones y ampliaciones) que consiste en una carta ficticia a José María Palacio, pariente de Leonor, su difunta esposa, y que constituye un alegato en favor del recuerdo de ella.

Leonor había muerto en agosto del año anterior y desde este momento hasta la fecha en que se escribe “A José María Palacio” ha transcurrido la parte fría del año, el otoño y el invierno, período caracterizado por la inactividad (por razones obvias), y más aún en la mitad norte de España. Sin embargo, el autor elige el comienzo de la primavera para la creación de este poema porque es entonces cuando se produce de nuevo el inicio de la actividad, cuando el ciclo anual empieza: por lo tanto, aparece el tema del tiempo, tan común en Machado, tiempo en este caso ligado a la monotonía de su paso, que no provoca cambio alguno y todo calma. Esto es precisamente lo que él quiere evitar: que el tiempo “se lleve por delante” (es necesario usar este coloquialismo, pues se requieren su aspereza y crudeza) el recuerdo de Leonor, porque aunque la vida siga su curso para el poeta viuda nada volverá a ser igual, o al menos eso le parece en ese momento.

En el retrato de esta ya comentada vuelta a empezar del ciclo vital Machado hace una división: por una parte, se encuentra el renacimiento de la naturaleza con la tardía y tímida primavera, para el que el sevillano recurre a múltiples imágenes visuales: “zarzas florecidas entre las grises peñas”, “blancas margaritas entre la fina hierba”, “viejos olmos” con “hojas nuevas” (antítesis que refleja una vez más el paso del tiempo), etcétera. Por otra parte, al mismo tiempo se produce el comienzo de la actividad de las personas (similares en su constante trabajo a las abejas - “ya las abejas libarán del tomillo y el romero” -): “mulas pardas en las sementeras”, “labriegos que siembran los tardíos con las lluvias de abril” o “furtivos cazadores” en busca de perdices.

Por último, en la última estrofa del poema se nos muestra la intención de Machado, sobre la que ya he escrito: pide a José María Palacio que tome los primeros lirios y rosas de las huertas y los lleve a la tumba de Leonor (que designa con un eufemismo, “su tierra” en “el Espino”, el cementerio local; se refiere a su difunta esposa sin nombrarla) en un ruego, incluso una velada súplica por mantenerla presente en la memoria, petición a través de la cual se adivina el profundo dolor por la pérdida que acompañaría al poeta durante gran parte de su vida.


Comentario Crítico 2.

Laura Cabeza Vega. 2º Bachillerato A (Curso 2010/11)


El poema del comentario, de título A José María Palacio, es un texto literario de género lírico. Su autor es uno de los poetas más destacados de la literatura española, Antonio Machado, perteneciente a la Generación del 98, y muy relacionado con la corriente del Modernismo, aunque no toda su obra se inscribe en este movimiento. Murió exiliado en Francia en 1939. Entre sus obras destacan Soledades. Galerías. Otros poemas (1907), Campos de Castilla (1912) y Nuevas canciones (1924).

A José María Palacio forma parte de Campos de Castilla, una colección de textos donde evoca el paisaje castellano con un lenguaje sobrio y expresivo. Las descripciones están acompañadas de reflexiones críticas sobre la historia de España y dejan translucir una profunda melancolía personal.

El tema principal del texto que nos ocupa es la tristeza del yo poético por la muerte de su amada Leonor; no obstante, no conocemos este dato hasta el último verso, pues el cuerpo del poema lo constituye una carta a José María Palacio, un conocido de Machado que vive en Soria mientras que el poeta se ha trasladado a Baeza. En la carta, Machado le pregunta por el fin del invierno castellano, en una detallada descripción del paisaje: aparecen el olmo, las acacias, el Moncayo, etc., léxico acompañado de numerosos adjetivos que sin embargo retratan la llegada de una primavera humilde y modesta, pero que lo alegra todo cuando aparece.

Machado emplea oraciones interrogativas con un cierto tono inocente o iluso, lo que podemos relacionar con el sentido que tiene la primavera en el poema. Se trata de una sensación de alegría que el protagonista ya no puede vivir, en el plano no metafórico por no vivir ya en Castilla, y, por otro lado, por no poder estar con su esposa, a quien relaciona con la primavera soriana. En el último verso, el poeta pide a su amigo que suba “al Espino, al alto Espino donde está su tierra…” para visitar la tumba de Leonor. El hecho de que se refiera a ella con un único “su” en todo el poema significa, sin embargo, que aún vive por ella y no hay ningún otro pensamiento en su mente.

En resumen, podemos interpretar la carta como un último hilo de esperanza vana, en la que el autor hace referencia a su propia vida, algo muy frecuente en su obra, para recordar a su amada fallecida. Así pues, dentro de Campos de Castilla, se incluye dentro de un grupo de composiciones dedicadas a Leonor, compartiendo características con muchas de ellas: por ejemplo, el poema Caminos presenta un contenido y una estructura muy similar.



domingo, 21 de noviembre de 2010

RECUERDO DE LEONOR. "A José María Palacio"

Tumba de Leonor (Cementerio El Espino, Soria)


A JOSÉ MARÍA PALACIO

Palacio, buen amigo,
¿está la primavera
vistiendo ya las ramas de los chopos
del río y los caminos? En la estepa
del alto Duero, Primavera tarda,
¡pero es tan bella y dulce cuando llega!…

¿Tienen los viejos olmos
algunas hojas nuevas?

Aún las acacias estarán desnudas
y nevados los montes de las sierras.

¡Oh mole del Moncayo blanca y rosa,
allá, en el cielo de Aragón, tan bella!

¿Hay zarzas florecidas
entré las grises peñas,
y blancas margaritas
entre la fina hierba?

Por esos campanarios
ya habrán ido llegando las cigüeñas.

Habrá trigales verdes,
y mulas pardas en las sementeras,
y labriegos que siembran los tardíos
con las lluvias de abril. Ya las abejas
libarán del tomillo y el romero.

¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas?

Furtivos cazadores, los reclamos
de la perdiz bajo las capas luengas,
no faltarán. Palacio, buen amigo,

¿tienen ya ruiseñores las riberas?

Con los primeros lirios
y las primeras rosas de las huertas,
en una tarde azul, sube al Espino,
al alto Espino donde está su tierra…

Antonio Machado (Campos de Castilla, 1917)

Este poema que proponemos para el comentario crítico pertenece la serie de textos escritos por el poeta sobre la muerte su mujer, Leonor Izquierdo. Debemos destacar dos aspectos para su comprensión: la visión emotiva de las tierras castellanas, elemento habitual de los autores noventayochistas, y la aparición de elementos autobiográficos que dificulta la interpretación de ciertos poemas.

Pero, ¿quién era José María Palacio? Un amigo de Machado (y a la vez pariente de Leonor), que reside en Soria.

Para profundizar y contextualizar el poema te indicamos estos materiales:

1. Biografía de Leonor Izquierdo.
2. El influjo de Leonor en la obra de Antonio Machado (Jesús Bozal Alfaro). Un estudio bastante completo sobre la importancia de Leonor en la poesía del poeta.
3. Antonio Machado en Soria. Página que estudia la estancia de Machado en la ciudad castellana. Algunas secciones se dedican a la relación con Leonor.
4. José María Palacio recuerda la figura de la esposa de Machado. Testimonios de la época en los que se descubre la especial devoción de Machado por Leonor.
5. Testimonios sobre Antonio Machado. Reproducimos el texto (Fuente)


Dos días en Soria

En la “Soria fría, Soria pura” del verso famoso, el silencio era más denso, más profundo que en Segovia, la vida más silente y de ritmo más tenue –no había alcázar ni cadetes, cosas de suma importancia que no pueden ni deben prodigarse- y el cielo estaba más alto que en Segovia y tenía más luceros.
Soria era decorado más a tono con el poeta de las “Soledades” y las “Galerías”; por más severo y desnudo que el de Segovia. Digo decorado por como todo hombre que no es cualquiera, uno de tantos de los que pertenecen al gárrulo mundillo de los plurales, necesita un decorado singular para su singularidad. Decorado para el personaje que es todo hombre de mucha y auténtica personalidad.
En Soria el ser, estar, sentir y pensar de Antonio Machado se acentúan y perfilan. Influencia del decorado en el hombre. En Soria Antonio Machado era más “silencioso y misterioso” que en otros decorados. Soria había sido su juventud de la que dan fe los versos de las “Soledades” y las “Galerías”, el aula fría del “humilde profesor“, la humildad de la casa que le cobija y en ella el amor saliéndole al paso: Leonor, la esposa –niña que se llevaría la muerte-.
“¿No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?...”
La esposa-niña a la que Antonio no olvidará jamás. Los hombres como Antonio no saben olvidar. Solo olvidan los necios, los superficiales, los deshabitados. Antonio, viudo, era ya don Antonio, al que los sorianos habían visto feliz porque paseaba del brazo de una mujer que se sonreía. Porque la amaba no podía seguir en Soria, donde todo, la “calle vieja”, los “álamos del río”, la “casa tan querida donde habitaba ella”, le recuerda el bien perdido. Y huía: a Madrid, a Baeza, a Segovia. Pero “su” decorado, el más identificado con su personaje –a pesar de que el poeta fue hombre serio y por lo tanto enemigo acérrimo del personajismo irrisorio- será Soria. Hoy, decir Soria es decir Antonio Machado.
Desde entonces tuvo un gran amigo que sonreía con tanta amargura como Heine y Larra. Se llamó Juan de Mairena.
Durante aquella mi primera estancia en la vieja ciudad castellana no vi las famosas ruinas de Numancia que cantara Cervantes con temple y acento de gran trágico, pero fuimos por un camino que don Antonio había paseado mucho: el de la ermita de San Saturio, que diole a Gaya Nuño tema para escribir un pequeño gran libro.
Y una tarde don Antonio me dejó en un café de no recuerdo qué plaza, diciéndome:
-¿Me permite usted que salga unos momentos? Volveré pronto.
El café era uno de esos viejos cafés provincianos –alto techo, alto mostrador, un par de columnas y en una de ellas la típica bola de metal pulido en cuyo interior el mozo guardaba el paño de limpiar el mármol de las mesas, diván corrido a lo largo del muro, espejos de lámina opaca para que, cuando el café está vacío, se contemplen en ella los fantasmas- que supongo habrá desaparecido y que yo preferiría, por su intimidad y campechanía, a la presuntuosa y fachendosa vulgaridad de las cafeterías de hoy.
Aquella tarde había poca gente en el de Soria. Una mesa la ocupaba un señor alto, cenceño, amojamado, que leía “El Sol”; otra la ocupaban cuatro jugadores de cartas; otra, yo, solitario.
Compadecido de mi soledad, se me acercaba el dueño del café.
- Buenas tardes.
- Buenas tardes, señor.
Considerándolo tal vez un defecto, preguntaba el cafetero: - ¿El señor es forastero?
- Forastero.
Y considerándolo una virtud, añadía:
- Pero amigo de don Antonio.
- Muy amigo.
- Vivió aquí en Soria unos años. Aquí se casó. Y aquí enviudó. Viene de cuando en cuando y nunca deja de visitar El Espino.
- ¿El Espino?
- El cementerio. Allí está enterrada Leonor, su mujer. Una muchacha muy linda y muy enferma. Estaba enamoradísima de él. Y él de ella.
El cafetero meneaba tristemente la cabeza. Las palabras del buen hombre hacía
más silenciosa, más solitaria, más opaca la tarde de la vieja ciudad.
Ante mi silencio preguntábame el cafetero tras una pausa de la que ni él ni yo sabíamos como salir:
- ¿No le he molestado al señor?
- No, hombre –protestaba yo- ni mucho menos. En Soria y de Soria nada puede molestarme.
Agradecía, casi emocionado, el cafetero:
- Gracias, señor.
Y antes de retirarse a su atalaya del mostrador, me aseguraba: -don Antonio es
muy sabio y muy bueno.
Cuando regresó el poeta no me dijo de dónde venía. Ni yo se lo pregunté. Únicamente quiso saber, como disculpándose por la tardanza: -¿Se aburrió usted mucho?
- No don Antonio. Yo no me aburro nunca.
Volví a verle otras muchas veces: en Madrid, en Segovia, en Soria. Y por última vez, en Barcelona, cuando la guerra llegaba a su último acto.

Luis Capdevila.
La Vanguardia Española.
9 de junio de 1972


viernes, 19 de noviembre de 2010

COMENTARIOS CRÍTICOS "Fue una clara tarde ..."


Comentario crítico 1. Laura Cabeza Vega. 2º Bachillerato A (Curso 2010/11)

Nos encontramos ante un texto poético de género lírico: se trata del poema “Fue una clara tarde, triste y soñolienta…” de Antonio Machado, incluido en Soledades, libro publicado en 1903 y que después se amplió con el título Soledades. Galerías. Otros poemas (1907). Su autor es uno de los poetas más destacados de la literatura española. Perteneciente a la Generación del 98, suele relacionarse con la corriente del Modernismo, aunque no toda su obra se inscribe en este movimiento. Murió exiliado en Francia en 1939.

El tema principal del poema es la evocación de un amor pasado. El yo poético se presenta como un hombre que ha olvidado, y la capacidad de recordar es atribuida a una fuente, que de este modo, a través de la personificación, se convierte en una parte de la conciencia del protagonista. El amor sobre el que habla la fuente fue amargo: “-Yo no sé de leyendas de antigua alegría, /sino historias viejas de melancolía…” y podríamos interpretar que ese dolor es el que hace al yo poético querer dejarlo en el olvido, cosa que le resulta imposible.

El poema desarrolla una narración en la que el protagonista entra en un parque, se encuentra con la fuente y después sale. Es de gran importancia la descripción del paisaje, sobre el que se realiza una proyección del estado de ánimo del yo poético. Así, el parque es descrito como un espacio cerrado y solitario, con un ambiente muy próximo al romanticismo, lo que lo hace un lugar propicio para la expresión del sentimiento. Asimismo, el momento del día en el que sucede lo descrito es la tarde, símbolo del fin, de la cercanía de la muerte, muy empleado por Machado, y que aquí podríamos enlazar con el sentimiento de tristeza (“Fue una clara tarde, triste y soñolienta””La tarde muerta”). El léxico empleado, que se constituye principalmente de adjetivos, describe el ambiente melancólico y oscuro, a partir de numerosos recursos estilísticos, como la sinestesia: “agrio ruido”, “golpeó el silencio”, etc. El sonido de la fuente, por su parte, que representa la memoria, es descrito como algo monótono y eterno: “la fuente sonora,/del parque dormido eterna cantora.”

El texto, como ya fue indicado, pertenece al libro Soledades, una colección de textos en los que predominan las emociones íntimas, el dolor, los recuerdos, la melancolía y la exploración de los caminos interiores del alma.


Comentario crítico 2. Miguel García Ortegón. 2º Bachillerato A (Curso 2010/11)

“Fue una clara tarde, triste y soñolienta...” es un poema escrito por Antonio Machado e incluido es Soledades (1903), en el que el autor nos introduce en un momento de solitaria y melancólica reflexión personal, a través del imaginario diálogo con una fuente en un parque.

En el texto predomina el léxico descriptivo y sentimental: los elementos físicos a los que se hace referencia con el primero son relacionados con las emociones de las que el segundo da parte. Es a esto a lo que se llama (Esta característica se denomina) proyección del estado de ánimo en el entorno, muy frecuente en Machado.

Por otra parte, en función de la fase introspectiva que tenga lugar se pueden diferenciar tres modelos distintos que se suceden:

Primero, una introducción. El poeta abre con una llave la cancela del parque hasta hace un momento cerrado. Ésta se encuentra mohosa, en alusión a que nos estamos deslizando a un lugar de la memoria que hacía tiempo no era visitado, a un pasado lejano (,) casi olvidado. Este lugar es el parque, elemento delimitado e íntimo, idóneo para la expresión de sentimientos. Por lo tanto, ya se ha presentado la situación espacial.

Con respecto a la temporal, al autor acude una vez más a su momento favorito del día: la tarde (símbolo de tristeza, ocaso y muerte), que seguirá apareciendo en el resto del poema, acompañada de diferentes adjetivos: clara, triste, soñolienta, lenta, muerta... Por cierto, nos encontramos en verano.

Por último dentro de este primer apartado, es mostrada (se muestra) la fuente de la que más tarde beberá el poeta, protagonista del segundo momento de la narración lírica.

Ésta constituye el diálogo con la fuente sobre antiguos recuerdos (probablemente de niñez) que ella canta con notas de agua, y en los que la voz poética busca la alegría perdida. Aparecen distintos elementos del pasado, a modo de fugaces “flashes” fotográficos: “mirtos talares”, “fruto maduro” en la rama, “fruta bermeja” del árbol...

La penúltima estrofa, a modo de enlace con el incipiente final, es una despedida de la fuente, pues ella tampoco puede borrar la melancolía que el autor sufre, sino que “su monotonía es más amarga” todavía y no puede ofrecer consuelo.

En tercer lugar, en la última estrofa el poeta sale del parque y cierra finalmente (se puede entender que desencantado) la cancela de su memoria entre chirridos. Se cierra así el ciclo anímico-reflexivo de búsqueda interior de Machado. El último elemento mencionado es el “silencio de la tarde muerta” en alusión probablemente a la soledad, que es lo único que permanece y queda.

lunes, 11 de enero de 2010

EL VIAJE DEFINITIVO

Uno de los poemas más destacados de Juan Ramón Jiménez en que expresa la pervivencia de su conciencia:



EL VIAJE DEFINITIVO
Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando.
Y se quedará mi huerto con su verde árbol,
y con su pozo blanco.
Todas las tardes el cielo será azul y plácido,
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.
Se morirán aquellos que me amaron
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón secreto de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará nostáljico...
Y yo me iré, y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando.
Poemas agrestes (1910-1911)